Orgullo Gay

Orgullo gay

El deseo de todo padre es que sus hijos sean felices, el problema llega cuando el concepto de felicidad es tan diferente de una persona a otra, de una generación a otra… de una definición u orientación sexual a otra. Por eso se produce ese enorme desasosiego cuando un hijo o hija confiesa su homosexualidad a sus progenitores. Siempre hay dudas y desconocimientos, pero el peor de todos es el que se identifica con un sentimiento de perdida… ¿Cómo va a ser feliz mi hijo si no puede casarse y tener hijos con normalidad? Esa normalidad que nos mediatiza desde que nacemos y que, sin embargo, supone una auténtica definición de la mediocridad.
Nuestro país posee una de las legislaciones más avanzadas en temas de reconocimiento social, pero la ciudadanía, en general, no ha adquirido ese nivel necesario de aperturismo de miras, en parte por inercia cultural y en parte por arraigo de una educación católica y discriminatoria. Esa es, sin duda, la razón de la tristeza que se produce cuando conoces la homosexualidad de un ser querido. No deseas que tu hijo sufra, pero la homosexualidad le garantiza ese grado de sufrimiento que impone la sociedad y es dolorosamente muy difícil de asumir por un padre. Cuesta reconocer la liberación que supone para el homosexual salir del armario, reconocer su orientación. Es un sufrimiento enorme desconocer, aunque intuir, la homosexualidad, afirmando y negando una y otra vez esa realidad, ocultándola cuando ya casi se tiene la certeza y temiendo la liberación por suponerla dañina para tus seres queridos. Antes de la liberación y el reconocimiento, muchos homosexuales se consideran enfermos o monstruos, cayendo, en algunos casos, en profundas depresiones que pueden llevarles al suicidio, pero el mundo no les trata mejor. Desde este punto de vista, el momento en que se lo dicen, por fin, a los padres supone romper con ese yugo psicológico, sin embargo, por mucho que lo hallan intuido, para los padres es nuevo y deben seguir un proceso para asimilarlo y en esto no tiene nada que ver con la apertura de miras de los mismos, viene a ser una especie de luto por las ilusiones perdidas. Pero aquí es cuando la apertura de miras si puede ser útil, por encima de ese necesario luto a la sexualidad del hijo está el cariño por un ser que no ha cambiado, es el mismo de siempre y sigue teniendo el mismo derecho a ser feliz. Finalmente, se termina por reconocer que el problema no es la homosexualidad, sino el hecho de que siempre representamos nuestros anhelos y esperanzas personales en nuestros hijos, pero ellos son seres independientes con ideas propias y, en el caso que nos compete, orientación sexual diferente.
Así pues el gay es un ser que ha debido superar sus miedos y los de los demás, arrastra encima un millón de pecados que no son los suyos… ¿Cómo no iba a sentirse orgulloso?
Hoy, 30 de Junio de 2007, entre un millón y medio y dos millones de personas, en su mayoría homosexuales, pero también muchos héteros que intentan derribar esas barreras que la oscuridad medieval de la enseñanzas católicas nos inculcaron, han desfilado en paz y con alegría por las calles de Madrid. Una manifestación tan alegre y animada como la rua de Carlinhos Brown y una manifestación tan solidaria como la del 11-M. Madrid ha tenido el sábado de manifestación más decente, alegre, respetuoso, multitudinario y libre de bilis que tuvo jamás. Esta vez, ese partido al que se le llena la boca con la palabra libertad (se les llena porque sin duda les viene grande), no estuvo presente. Tampoco la iglesia estuvo representada aunque, sin duda, Jesucristo y el mismo Dios no hubieran tenido ningún problema en mostrar su verdad encima de una carroza.
Cerca de dos millones de almas y nadie les pagó el viaje, les puso un autocar y les regalo una bolsa con bocadillos. Para algunos esta manifestación rompe con las familias, se mea en los catecismos, atenta contra la libertad (de seguir encerrado en un armario), es obscena y antiespañola. Pero la realidad es que el día del orgullo gay ejemplifica el derecho a ser feliz por encima de todas las trabas que nuestra sociedad prehistórica aún pone a las diferencias.
Soy hétero y no conozco a ningún gay (creo), pero ante todo esto sólo puedo decir una cosa: ¡Viva Tinky Winky!
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