Nada

Erase una vez… un pedacito de nada que quería ser algo.

Como nada, estaba cansado de oír como le decían que nada sería en la vida, que no servía para nada. Y como no era nada, tampoco era nadie.

Un día, paseando por ningún sitio, se dio cuenta de algo… algo que cambió su vida. Se dio cuenta de que lo que realmente quería era ser algo… algo en la vida.

Nuestra nada era muy inteligente porque, por lo general, cuando todo y todos te dicen que no eres nada y que no eres nadie, aunque no sea verdad, terminas por creerlo y acabas por serlo… o por no serlo, según se mire.

Como decidió ser algo, también tomó otra decisión: hacer algo. Sin embargo, no sabía muy bien que hacer par alcanzar su objetivo, así que intentó llamar la atención…

–¡Hola! ¿Hay alguien ahí?

Nada… ni una respuesta.

Como nadie ni nada le reconocieron, pretendió hacerse más notorio pintando graffitis, rayando cristales, gritando en el metro, vistiéndose con ropa extravagante, poniendo la música alta… incluso se hizo un tatuaje y se puso un pircing… otros, tan perdidos como él, le reconocieron y acabó por formar parte de su grupo, eran coleguis. Durante un tiempo todo fue sobre ruedas, pero nuestro nada, nuestro nadie, terminó por darse cuenta de que sus compañeros habían aceptado su estatus de nadas y nadies y lo asumían en una rebeldía irreal que en nada les cambiaba, que en nada les beneficiaba. Supo que con ellos, su búsqueda no había acabado.

De nuevo caminaba ensoñado con el único sueño que nunca tuvo, cuando en un banco cualquiera de una plaza cualquiera, encontro un libro: La Ilíada de Homero. Como no tenía nada que hacer, lo leyó y allí encontró lo que buscaba. Ulises ideó un enorme caballo de madera, donde un grupo de los mejores soldados se escondieron, lo dejaron a las puertas de Troya, como si fuera un regalo de despedida, de reconocimiento de su derrota, luego, los helenos, simularon su marcha, pero cuando la noche cubrió de sueño la agotada Troya, los soldados ocultos en el falso regalo, salieron de su escondite y tomaron la puerta de la ciudad y la abrieron para que los helenos, ocultos hasta entonces, la traspasaran y tomaran la ciudad con facilidad. Tantos años de resistencia heroica para sucumbir a un regalo…Entonces lo vio claro. Su solución no estaba en compadecer a los troyanos, si no en emular a los helenos, que simulando su derrota, habían vencido allí donde todas sus demás cualidades habían fracasado.

Nada volvió a estudiar, volvió a escuchar, volvió a sentir… y un día se dio cuenta, de que no todo era ser nada, de que no todo era ser nadie, que, de tanto en tanto, alguien le llamaba por su nombre y le decía que le necesitaba.

El tiempo pasó y, donde otros fracasaron, él triunfó. Creía haberles engañado haciéndose pasar por lo que ellos querían que fuera. Pero, cuando se miro en el espejo, se vio a sí mismo tal y como era. Podía ser viejo, podía no gustarse, podía haber tenido una vida que no comprendía del todo, pero aquel espejo le mostraba la imagen de alguien.

Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.

NOTA: Como no quedaban perdices nuestro personaje se abrió una botella de cava bien fresquito y pilló un pedo alucinante y ahora lleva veinte minutos sin dejarme entrar en el lavabo porque está potando. Y yo me estoy a punto de mear encima… y como no salgas de ahí, Norberto, te juro que me meo en la cazuela de lentejas que tu madre nos dejo ayer… ¡Me oyes!… ¡NADA!

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